Estoy muy apenado por la muerte de Sol Gallego-Díaz. Los abrazos en el tanatorio entre quienes la hemos querido tanto, consuelan, pero no cierran la herida. Ella ha sido la «jefa».

SE NOS VIO EL PLUMERONOTICIA05 jul 2026 – 00:27JOSÉ ANTONIO MARTÍNEZ SOLERJAMSI
¡Cuánto dolor por esta gran perdida, tan prematura! Sol ha muerto al día siguiente del 50 aniversario del nacimiento de El País que ella dirigió sabiamente de 2018 a 2020. Tan generosa como siempre, no quiso aguarnos la fiesta. Se han publicado muchos obituarios y artículos sobre su vida y su obra (y me parecen pocos). A mí me cuesta decir quien fue nuestra Sol y por qué la admiré tanto sin quedarme corto. Lo intentaré brevemente por si me sirve de desahogo: Sol ha sido la mejor periodista que he conocido en mi vida. Seguramente, la mejor de España. Con rigor, compromiso ético con la verdad y respeto por los hechos verificables, buscaba con pasión el origen de la información. Siempre estuvo comprometida con los valores de la Democracia, con la libertad, la igualdad y la fraternidad. Sabía separar las voces de los ecos. Siendo yo tan presumido, me maravillaba su modestia, su alejamiento de toda pompa, su alergia a los halagos y su solidez ética y profesional. Era seria, trabajadora exagerada, casi trabajaólica, nada juerguista. Pero también, cálida y cariñosa. Sabía sonreír y mostrar desacuerdo o enfado solo con su mirada. Tenía gran olfato para desmenuzar noticias complejas. Algo tozuda o cabezota, sobre todo si algo chocaba con sus principios. Si decía «pues, no» no valía la pena insistirle. Todos la queríamos. Aunque nunca fue mi jefa en términos laborales (ella era corresponsal cuando yo era redactor jefe en El País), siempre admiré su «auctoritas», eso sí, con un ramalazo libertario. Estaba muy por encima quienes presumían de su «potestas» en razón a sus cargos. Si digo que era la «jefa» es porque la consideré la más influyente de nuestro grupo de amigos y colegas. Sol hace honor a su nombre y brilla en las distancias cortas, en el cara a cara y en grupos pequeños. En el tú a tú era genial. Hoy recuerdo, no sin dolor, dos cenas (con buen vino) que tuve a solas con ella. Una en Londres, donde ella era nuestra corresponsal, después de la entrevista que le hice allí Ruiz Mateos huido de la Justicia. La otra fue en Almería (con gamba roja, claro), al término de su lección magistral sobre Europa a mis alumnos de la Universidad. Inolvidables las risas que intercambiamos. Lamento no haber cenado más veces con ella. En grupos grandes era adusta, o tímida, casi distante, pero siempre ingeniosa y exigente. Rebelde, sí. Complaciente, no. Era la persona que menos ha valorado los premios y los tenía todos. Disfrutaba haciendo bien su trabajo. Amaba su oficio. Hace dos o tres semanas busqué sin éxito su artículo dominical en el suplemento Ideas de El País. Era lo primero que leía al recibir el diario. Me dio mala espina. No me atrevía a peguntar por su salud. Hace unos días recibí el zarpazo sobre sus cuidados paliativos. En el chat de los «cincuentañeros» fundadores del diaro, Jesús Ceberio, ex director de El País, dio en el clavo: «Sol marcó la senda. Tratemos de seguirla. Y cuando nos perdamos preguntémonos cómo lo haría ella». No se puede decir mejor, querido Cebe. Descansa en paz, querida Sol. No te olvidaré mientras viva.













































































