Para mí es noticia: Un día emocionante.Mi nieta Ani se ha graduado hoy en Infantil. Está feliz.Y yo, más. Una ceremonia que copia las de Harvard con birrete y diploma.¡Casi na!

SE NOS VIO EL PLUMERONOTICIAInvalid DateJOSÉ ANTONIO MARTÍNEZ SOLERJAMS





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Se ve que el genocida Netanyahu domina al pobre psicópata Trump. Le pone palos en las ruedas. Por eso, pienso que el Papa debería dirigir sus mensajes de paz directamente al líder de Israel y a los miles de israelíes y judíos justos que se oponen a los asesinatos premeditados de decenas de miles de palestinos.

La situación en Palestina (Gaza y Cisjordania) y en el sur del Líbano es insoportable. Y el silencio culpable de los gobiernos europeos (salvo pocas honrosas excepciones) me duele. Ya no sé qué decir a mis amigos judíos que considero justos. Hace tiempo que no me desahogo contra los genocidas del gobierno de Israel y sus seguidores. No tengo palabras. Pero he visto estos días que el Papa sí las tiene. Debería hablar con Netanyahu, aunque tenga que taparse la nariz.
Contra mi costumbre (¿? para quienes no me conocen) hoy voy a presumir de mis obras en la Expo Fin de Curso de Talla en madera. Pensar con las manos, con maza y gubia, nos une mucho en torno a la maestra Sandra Krysiak. Gran terapia.












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Este es el enlace a mi entrevista en youtube


Mi hijo Erik y yo hablaremos mañana (martes, 19-M a las 17:00h.) sobre «Franco para jóvenes» a los alumnos del IES Ortega y Gasset. Entrada libre. Estas charlas me rejuvenecen y me reconcilian con la juventud que está más informada de lo que pensamos los jubilados.


A Franco unos le querían y otros le odiaban. Sí. Pero todos le temían. De eso hablaremos y por qué a un 20 % de los jóvenes (que han crecido en libertad) no les parece tan mala la Dictadura. Es el precio del olvido y de la desinformación. La libertad es como el oxígeno. La valoras más cuando te falta. Por eso es tan importante refrescar la memoria. Gracias a las creadoras del podcast La Caja 198, por organizar este proyecto «La memoria de mi barrio».

SE NOS VIO EL PLUMERONOTICIA05 dic 2026 – 10:25JOSÉ ANTONIO MARTÍNEZ SOLERJAMS
En el último adiós a Sol Gallego coincido con Javier Moreno Luzón. Hablamos de su ensayo sobre mi maestro Juan Marichal. Lo releo y mi corazón se llena de bellos recuerdos.I
Despedimos con un largo aplauso el ataúd con los restos de nuestra Sol Gallego. Como ella hubiera querido, no hubo discursos. Solo Joaquín Estefanía rompió el silencio y dijo : «Vámonos». En el tanatorio hablo con el historiador Javier Moreno Luzón sobre su ensayo «El último liberal. Juan Marichal y el patriotismo español» y de su visita a Juan en Cuernavaca, poco antes de la mía. Al releerlo, no sin emoción, compruebo la vigencia de las ideas de mi maestro sobre liberalismo y patriotismo. Ademas, cita el obituario que le dediqué en el homenaje del BILE (Boletín de la Institución Libre de Enseñanza). Gracias, Javier. Me alegra que los intelectuales españoles recuperen la figura y la obra de aquellos maestros que perdimos en el exilio. La guerra española y la Dictadura cortaron de raíz los troncos de la intelectualidad y nos dejaron huérfanos de referentes morales y políticos. Por fin, de aquellas raíces profundas brotan historiadores íntegros y dignos que, como Javier, Pepe Alvarez Junco, Santos Juliá, Juan Pablo Fusi, Ángel Viñas, etc, nos reconcilian con nuestro pasado más luminoso.








SE NOS VIO EL PLUMERONOTICIA05 oct 2026 – 13:52JOSÉ ANTONIO MARTÍNEZ SOLERJAMSI
Hace 57 años éramos dos estudiantes pobres y enamorados. Seguimos enamorados pero, con dos pensiones bien ganadas, ya no somos tan pobres. En 1969, no teníamos ni para tarta nupcial. Optamos por tortilla nupcial de patatas pero, eso sí, de tres pisos. El cura puso el vino peleón. Ayer, en cambio, celebramos nuestro 57 aniversario con cochinillo, cordero y vino de marca. «Lo que ha cambiado España», nos dijeron nuestros queridos amigos y colegas Kathy y David White que compartieron mesa y recuerdos.
















Xavier Vidal Folch pronunció la laudatio magistral de Soledad Gallego-Díaz, nuestra Sol, como Maestra en ética periodística. No la quiero perder. La copio y pego para mi archivo personal. Gracias, Xavi.

8 de abril de 2026
Xavier Vidal-Folch
Mi presencia en esta tribuna es un acto temerario. Correspondía por derecho propio a Joaquín Estefanía el placer de proclamar la virtud profesional de la periodista Soledad Gallego-Díaz Fajardo; Sol Gallego; simplemente Sol. Pero al hermano más próximo le ha sorprendido una abolladura temporal, leve, que le tendrá enclaustrado aún varios días. Así que me toca un honor sin más mérito que la complicidad de muchos años con la, enorme, periodista premiada. Con ella y con Joaquín y con Andreu Missé y bastantes más seguimos manteniendo un falansterio espiritual utópico: trabado sobre el estupendo y asediado oficio de periodista, compartiendo una mirada crítica al mundo y tratando de seguir desplegando una nunca desmayada pasión por la vida y la gente. Hay en este acto otras ausencias que lamentar, por causa distinta. De amigos que habrían deseado estar aquí, para reconocerla. Me refiero a nuestros colegas, muy íntimos de Sol, Bonifacio de la Cuadra, Malén Aznárez, Joaquín Prieto y Antonio Franco, entre otros que se fueron, demasiado aprisa, de viaje sin retorno. Aunque eso sí, siempre vuelven, puntuales, a nuestro afectuoso recuerdo.
En el pasado nos referíamos a los colegas veteranos, sobresalientes y creadores de escuela y de amplios lazos profesionales como “maestros de periodistas”, a veces así nombrados con voz algo engolada, como de antiguo telediario. El título que la FAPE –en sintonía con otras distinguidas entidades- otorga hoy a Sol Gallego supone un avance tangible desde entonces, porque detalla de qué va esa maestría: lo es, no solo de carácter general, sino específicamente ética. Una asignatura muy pendiente tanto en nuestra sociedad, como en nuestro oficio. Quien lo recibe es una verdadera “Maestra en ética periodística”. Ella a su vez honra a la institución que lo inaugura hoy –en su esfuerzo por representar amplia y dignamente a los periodistas de este país–, con su prestigio personal.
Gallego-Díaz es persona -¡y qué amor de persona!– y ciudadana –¡y qué impulsora de ciudadanía!–, incluso antes que periodista, que lo va siendo más de medio siglo. Su árbol familiar nos interesa más por los valores que destila que por curiosidad genealógica: está poblado de gente de progreso, inquieta y rebelde. Muy antes de todo esto, su bisabuelo fue ministro liberal, con Práxedes Mateo Sagasta. Su abuelo Eduardo, notable andaluz, uno de los fundadores de la Institución Libre de Enseñanza, esa marca que tanto carácter imprime; así como de la primera revista de economía española, en 1917. Su padre, José Gallego-Díaz fue un notabilísimo matemático comunista y profesor universitario depurado por la dictadura, fallecido con poco más de 50 años en Caracas.

Muy joven, ella se apuntó por hambre de libertad al movimiento antifranquista, desde la óptica ácrata, o mejor, libertaria. Y también fue depurada, en su caso como periodista de la agencia de noticias del llamado Movimiento, Pyresa, por participar en una huelga. Publicó en Cuadernos para el Diálogo la gran exclusiva en la época de la Transición, obtenida con Federico Abascal y José Luis Martínez: el primer texto de la Constitución de 1978 a presentar al Congreso. Ella misma ha explicado que anduvieron persiguiéndolo largo tiempo, convencidos de que los ciudadanos tenían derecho a lo que estaban cocinando los constituyentes, aunque estos preferían dirimir discretamente sus diferencias. Aquella primicia era ya simbólica de un modo de ejercer la profesión. Fijémonos en sus distintos elementos: noticia relevante y verídica; responsabilidad individual con trabajo colectivo; servicio al lector como guía fundamental de la tarea; respeto liberal-libertario por el Estado en su versión más democrática. No en vano aquella Carta Magna aún en ciernes, y a cuyo debate general dedicaría un libro en dueto con Bonifacio, (“Crónica secreta de la Constitución”) incorporaba un amplísimo catálogo democrático de libertades y derechos democráticos: entre ellos el artículo 20, que garantiza el derecho “a comunicar o recibir libremente información veraz por cualquier medio de difusión”. Subrayemos el verbo “recibir”, que suponía enfatizar hacia el receptor el significado de la tradicional “libertad de expresión”. Y además, solemnizaba el “secreto profesional” sobre las fuentes de la noticia. Que sus protagonistas han mantenido durante todo el tiempo transcurrido. Algo que era un deber legal, sí, pero de cumplimiento no tan frecuente en una actividad a veces tildada de (y ejercitada como) chismosa, charlatana y frívola.
Desde antes de la fundación del diario EL PAIS en 1976 -al inicio compaginándolo con su dedicación a Cuadernos– hasta hoy mismo, Sol Gallego está desarrollando sin interrupción el oficio de periodista. En múltiples vertientes: como redactora, subdirectora, directora adjunta, defensora del lector, columnista, y directora (entre 2018 y 2020); así como comentarista radiofónica en la SER. Y reiteradamente, salpicándolas en distintos momentos separados en el tiempo, por sus estancias como corresponsal en Bruselas, Londres, París, Nueva York, y Buenos Aires. Amén de una etapa como delegada del en Sevilla, para coordinar la edición andaluza del periódico.

Recuerdo con especial regocijo los primeros años noventa, en que simultaneábamos funciones, ella en Madrid y yo en Barcelona, como directores adjuntos de Joaquín. Exprimí como de un limón sus consejos de gran oteadora olfativa de lo que se avecinaba, noticias y ciclos, tendencias y problemas organizativos y personales, con mucha antelación sobre mí. Procuré aprender de su generosidad, de esas de compartirlo todo, y de su hábil temple en manejar conflictos, a veces nada sencillos. Y revisito con alborozo el período en que ejercitaba el análisis con desplazamientos a las cumbres europeas, como la del lanzamiento del euro en 1998: con mucha delicadeza, respeto y palmadas de júbilo en los aciertos o por el reencuentro con viejas amistades, y anchos hombros comprensivos prestados cuando los reveses. Que siempre culminaban ante los fogones de La Fiorentina, catedral de la gastronomía “casalinga”, casera, de la signora Maria, ya desaparecida.
No hay demasiados colegas entre nosotros, si es que los hay, que exhiban una trayectoria tan intensa y tan entrelazada entre el enraizamiento local/nacional y ese cosmopolitismo que abre el espíritu y afianza la afición a la aventura de descubrir lo nuevo. Y con un desempeño tan circular o transversal –ahora en funciones básicas, mañana en responsabilidades intermedias, después centrándose exclusivamente en la escritura—en el sentido de distinto u opuesto al empeño vertical de alcanzar los más altos niveles de la jerarquía, y de eternizarse en ellos. Y también era nuevo lo que no se produjo. Renunció en 1988 al encargo de desempeñar la dirección; lo aceptó solo 30 años más tarde, y por un breve período de dos años, el indispensable para rescatar al periódico tras una etapa muy complicada. Asimismo, ha sido una acérrima defensora práctica de combinar el rejuvenecimiento de la redacción con la veteranía, dispensando un trato digno a las distintas capas generacionales. Y una abanderada sistemática de la igualdad entre las mujeres y los hombres.

Esa dinámica profesional no es solo consecuencia de la empatía, la curiosidad intelectual y el afán por conocer la realidad desde distintos observatorios, un empeño bien completado. Es también expresión de valores superiores: la primacía que Soledad Gallego-Díaz ha otorgado siempre al poder de las ideas, por encima de las ideas del poder; y la lealtad para con las reglas del oficio y en el ejercicio de sus responsabilidades.
En distintos episodios, de los que guardo memoria muy viva, utilizó su libertad expresando firmes discrepancias –con elegancia a veces mayéutica y con salero–, respecto a la autoridad interna o las autoridades exteriores. En una sonada ocasión se avino a retirar de una entrevista que había realizado a un presidente la contestación a una de las cuestiones, pero de ninguna manera a eludir la constancia de que había formulado la incómoda pregunta. Sin necesidad de alharacas. Respetuosamente con todos, y con ella misma. Al cabo, la primera premiada con el galardón Aurelio Martin de la FAPE es persona de muy fuertes convicciones de progreso, que pueden resumirse en la clásica tríada de libertad-igualdad-fraternidad, aunque siempre actualizada; y en caso de duda, a favor de inclinar la balanza o el dilema, hacia el lado del más débil. Empedernida lectora, Sol es una convencida de que existe “una cierta manera de hacer las cosas”, como sostiene la mejor cultura francesa; una defensora del ideal kantiano de “paz universal”; y una asidua practicante de la ética personal y profesional como “imperativo categórico” que trasciende intereses y conveniencias.
Eso, y no nada muy diferente es la Ética, que según uno de sus grandes patriarcas proviene del conocimiento, sí, pero también de la actividad convertida en hábito orientado hacia una finalidad: para algunos, como el autor de la ética a Nicómaco, se trata de la felicidad. Y adivino que para ella versa más sobre el equilibrio, la justicia, la equidad.
También en el ejercicio del periodismo. El trayecto de Sol arroja un compendio de actuaciones según valores como el respeto a la verdad (o más exactamente, acercarse a la verdad aproximándose a la realidad de la manera más honesta y adecuada posible) y el objetivo de dar cumplimento al derecho ciudadano de obtener información veraz. Estos valores se traducen en dos reglas principales, precisas y básicas, pero claras. Una, el contraste y verificación mediante varias y distintas fuentes, de lo que se publica o se emite. Otra, la orientación a los ciudadanos receptores/afectados, a cuyos puntos de vista e intereses se debe prestar siempre la atención debida.
La maestría ética de la premiada se expresa asimismo en cómo se amplifican y aplican esas normas de conducta ante nuevos problemas; o frente a intersticios de dilemas sobrevenidos; o simplemente, en casos de complejidad creciente para dirimir entre derechos concurrentes. De su larga etapa como directiva del periódico, muchos hemos aprendido gracias a sus intuiciones y su criterio, de fabricación sofisticada pero de expresión sencilla. Y de la necesidad de rectificar tajantemente cuando erramos, que, ay, me ocurre y nos ocurre, y resulta doloroso pero justo. Su opinión al respecto es terminante: “Eso no es”, o “Eso no es así”. O sea, repáralo, chaval. Y también de su corta pero fructífera fase como Defensora del lector.
De ella son muy destacables bastantes aportaciones. Quizá la principal sea la denuncia del periodismo “declarativo” como ejercicio de segunda división, en el que se sustituyen datos y hechos por manifestaciones verbales, frecuentemente vacías, de personajes públicos, sobre todo políticos y empresariales; meras reproducciones de ruedas de prensa o manifestaciones cocinadas ad-hoc por protagonistas de la vida pública, en lugar de noticias buscadas por los redactores en virtud de su interés. En una conferencia en la UIMP Soledad Gallego subrayaba que más del 70% del espacio en las secciones de Política y Economía se dedicaba a recoger ese tipo de material más bien propagandístico; y en más del 50% en las secciones de Sociedad y Cultura.
Y en el propio diario destacaba algunas recetas aplicables al asunto, entre ellas la que en una ocasión aplicaron varias cadenas de TV norteamericanas. Rechazaron distribuir en directo una charla del presidente George Bush por preverla informativamente poco interesante, y por ello la relegaron a noticia suelta de menor relieve. Algo muy evocable en estos tiempos informativos desarbolados, cuando la actualidad geopolítica se suele reemplazar por recuas de exabruptos, insultos, amenazas y ultimátums.
Pero muchos otros hallazgos acompañan ese hito. Como la denuncia de la abusiva introducción en un texto de opiniones anónimas de protagonistas de una noticia, preferiblemente con críticas a otros personajes, falseando así la credibilidad de la mercancía; o el rechazo a aceptar regalos navideños a periodistas, “porque siempre tendrán relación con su trabajo”.
Deseo concluir esta recopilación de hechos y vivencias enfatizando la independencia profunda de sus escritos de análisis y opinión, su ecuanimidad que no implica equidistancia, su carisma de referencia, como muy pocos alcanzan, y aún menos durante tan extenso calendario. Y que se resume en la calidad de los títulos elegidos por la homenajeada. Devuelven la cualidad de obvio a lo que nunca debió dejar de ser evidente. Para muestra, tres botones, espigados entre decenas: 1) “No sobran inmigrantes; faltan médicos, enfermeros y maestras”; 2) “Los jueces deben ser discretos y los periodistas, veraces”; y 3) “Israel quiere derribar la misma ONU que le dio su partida de nacimiento”.
Así que rendida y cálida admiración, también, a su empleo exacto de la palabra, materia prima esencial del periodismo. Y de su significado. Como escribió Salvador Espriu: “Hem viscut per salvar-vos els mots/per retornar-vos el nom de cada cosa/perquè seguissiu el recte camí/d’accés al ple domini de la terra”. Es decir: “Hemos vivido para salvaros las palabras/para devolveros el nombre de cada cosa/para que continuárais el recto camino/de acceso al dominio pleno de la tierra”. Sea. FIN

SE NOS VIO EL PLUMERONOTICIA05 jul 2026 – 00:27JOSÉ ANTONIO MARTÍNEZ SOLERJAMSI
¡Cuánto dolor por esta gran perdida, tan prematura! Sol ha muerto al día siguiente del 50 aniversario del nacimiento de El País que ella dirigió sabiamente de 2018 a 2020. Tan generosa como siempre, no quiso aguarnos la fiesta. Se han publicado muchos obituarios y artículos sobre su vida y su obra (y me parecen pocos). A mí me cuesta decir quien fue nuestra Sol y por qué la admiré tanto sin quedarme corto. Lo intentaré brevemente por si me sirve de desahogo: Sol ha sido la mejor periodista que he conocido en mi vida. Seguramente, la mejor de España. Con rigor, compromiso ético con la verdad y respeto por los hechos verificables, buscaba con pasión el origen de la información. Siempre estuvo comprometida con los valores de la Democracia, con la libertad, la igualdad y la fraternidad. Sabía separar las voces de los ecos. Siendo yo tan presumido, me maravillaba su modestia, su alejamiento de toda pompa, su alergia a los halagos y su solidez ética y profesional. Era seria, trabajadora exagerada, casi trabajaólica, nada juerguista. Pero también, cálida y cariñosa. Sabía sonreír y mostrar desacuerdo o enfado solo con su mirada. Tenía gran olfato para desmenuzar noticias complejas. Algo tozuda o cabezota, sobre todo si algo chocaba con sus principios. Si decía «pues, no» no valía la pena insistirle. Todos la queríamos. Aunque nunca fue mi jefa en términos laborales (ella era corresponsal cuando yo era redactor jefe en El País), siempre admiré su «auctoritas», eso sí, con un ramalazo libertario. Estaba muy por encima quienes presumían de su «potestas» en razón a sus cargos. Si digo que era la «jefa» es porque la consideré la más influyente de nuestro grupo de amigos y colegas. Sol hace honor a su nombre y brilla en las distancias cortas, en el cara a cara y en grupos pequeños. En el tú a tú era genial. Hoy recuerdo, no sin dolor, dos cenas (con buen vino) que tuve a solas con ella. Una en Londres, donde ella era nuestra corresponsal, después de la entrevista que le hice allí Ruiz Mateos huido de la Justicia. La otra fue en Almería (con gamba roja, claro), al término de su lección magistral sobre Europa a mis alumnos de la Universidad. Inolvidables las risas que intercambiamos. Lamento no haber cenado más veces con ella. En grupos grandes era adusta, o tímida, casi distante, pero siempre ingeniosa y exigente. Rebelde, sí. Complaciente, no. Era la persona que menos ha valorado los premios y los tenía todos. Disfrutaba haciendo bien su trabajo. Amaba su oficio. Hace dos o tres semanas busqué sin éxito su artículo dominical en el suplemento Ideas de El País. Era lo primero que leía al recibir el diario. Me dio mala espina. No me atrevía a peguntar por su salud. Hace unos días recibí el zarpazo sobre sus cuidados paliativos. En el chat de los «cincuentañeros» fundadores del diaro, Jesús Ceberio, ex director de El País, dio en el clavo: «Sol marcó la senda. Tratemos de seguirla. Y cuando nos perdamos preguntémonos cómo lo haría ella». No se puede decir mejor, querido Cebe. Descansa en paz, querida Sol. No te olvidaré mientras viva.








SE NOS VIO EL PLUMERONOTICIA05 mar 2026 – 13:36JOSÉ ANTONIO MARTÍNEZ SOLERJAMS
Casi no llegó a tiempo para el día de la Madre. Ayer me faltó otra mano de tapa poros y la cera, pero mi nieto me pidió llevarle a comprar flores para su madre, mi princesa. No pude negarme. Por eso, hoy le entregué a Ana (awestley.com) su talla sin el brillo que da la cera. ¡Qué nervios! No se parece mucho a cuando la conocí el 8 de enero de 1968, mi cumpleaños porque, como decía Machado, ese día nací no a la vida sino al amor. La Westley es muy generosa y me dice que le ha gustado el detalle. De mi talla solo ha dicho «¡Qué joven!» Pero me gané un beso. ¿Qué más puedo pedir por un trozo de madera tallado con amor (y, claro, con dolor)? Lo mejor es que ya le ha buscado sitio en el salón junto a sus óleos premiados. ¡Qué honor! La colgaré sobre la de Nicolás Salmerón (salmeroniano soy) y la del ojo de Odín (ella es gringa de origen noruego). Hoy me siento alguien.






