Pedro Sánchez responde a estudiantes de la Harvard Kennedy School sobre corrupción. En 1987 escuché allí a Felipe González. En 1976-77 tuve al prof. Samuel Beer de tutor.¡Qué lujo!
Al ver a Pedro Sánchez en la tele hablando a estudiantes de la Harvard Kennedy School me dio un ataque de nostalgia. No lo cuento para presumir ni alardear de mis estudios allí en 1976-1977. Por mi pobre inglés, fui un mal estudiante. Ojalá hubiera podido seguir en España. Huimos de aquí por miedo, tras mi secuestro y torturas por la Guardia Civil del general franquista Ángel Campano. Harvard fue una gran oportunidad para curar mis heridas, sosegar mi espíritu… y conocer mejor el país de mi chica. Una experiencia genial.
El presidente Sánchez tivo que responder preguntas sobre la corrupción. Según El País, así respondió:
“Ser primer ministro o político es gratificante porque puedes hacer muchas cosas por tu país, y estoy orgulloso de decir que hice muchas cosas por mi país, y ahí están los resultados, las pruebas y los hechos”, respondió. “Pero sufrir estos ataques personales es muy difícil de asumir, muy difícil de asumir. Y es mucho más difícil porque un joven estudiante como tú ya los condena. Dices que mi hermano y mi mujer son culpables y eso no es justo porque no lo son”.
El presidente de España continuó en un tono calmado, que contrastaba con el voltaje de las preguntas. “Sufrimos algunos casos de corrupción, y creo que cuando ocurre, sin importar el país, debes pedir a tu Gobierno que responda eficazmente. Y esto es lo que hice. Los casos de corrupción son ciertos. Desafortunadamente, mi Gobierno y mi partido sufrieron pérdidas”, admitió Sánchez ante una audiencia mayoritariamente favorable. “Pero esto es una cosa, pero hay otra que me lleva a mi familia, mi esposa, mi hermano y yo. Siento decirlo, esos no son casos de corrupción ni escándalos. Son otras cosas. Y para mí, creo que la oposición y algunas asociaciones de extrema derecha han cruzado algunas líneas rojas”, respondió el presidente mientras crecía la tensión entre la joven audiencia.»
Pedro Sanchez con estudiante de la Harvard Kennedy SchoolEFEEl profesor Samuel Beer, mi admirado tutor en la Kennedy School, en 1976-77, con quien mantuve larga relación epistolar al terminar mi tesina. Como escritor de los discursos del presidente F. D. Roosevelt, Sam Beer fue el autor de la famosa frase «Solo hay que tener miedo al miedo mismo».jamsEl único con barba, con mis colegas de la Nieman Foundation for Journalism en la escalinata de la Widener Library de Harvard.jamsDando de comer a mi hijo David en casa de Solita Salinas y Juan Marichal en Cambridge, Mass. Los Marichal nos acogieron con mucho cariño al llegar a Harvard. Emocionantes recuerdos. jams
Cubierta de «La Transición para jóvenes» que hemos escrito a cuatro manos entre mi hijo Erik y yo. Acaba de salir de la. imprenta. Es casi la segunda parte de «Franco para jóvenes» que ya va por la Séptima edición. Muchos abuelos lo compran para sus nietos.La primera noticia de nuestro libro (escrito entre Almería y Madrid) ha sido en el diario La Voz de Almería donde mi hijo Erik y yo hemos publicado mucho. Somos profetas en nuestra tierra. ¡Casi na! Gracias, Chacho Torres.
Ayer, como hace 50 años, 5 políticos de distintos partidos se pusieron de acuerdo para celebrar la Ley de Suárez que acabó con el franquismo y abrió la puerta a la Democracia.
El abrazo, cuadro emocionante de Genovés, símbolo genial de la Transición, en el Salón Constitucional del Congreso de los Diputadosjams
Cartel del acto, presentado por Francine Armegol, presidenta al Congreso, y moderado por el historiador Francisco Leire, autor de «Retrato de la Transición» (Siglo XXI)jamsCon Paca Sauquillo, personaje clave en la lucha antifranquista y en la construcción de la Democracia. Naturalmente, le anuncié la salida de nuestro nuevo libro y la invité a que lo presentara en octubre, igual que hizo el año pasado con el de «Franco para jóvenes». Aceptó. Gracias infinitas, querida Paca.Créditos de la imagenCon el teniente general Julio Rodríguez y el historiador Francisco Leire (en el centro) Foto de José Ignacio Dominguez, uno de los fundadores de la UMD (Unión Militar Democrática) cuando era capitán del Ejército del AireCubierta de «La Transición para jóvenes» (Ed. Catarata) recién salido de la imprenta.jamsCapitulo 14 de «La Transición para jóvenes» sobre la Ley para la Reforma Política. Pagina 115jamsPágina 116jamsPagina 117jamsPagina 118jamsContra cubierta de «La Transición para Jóvenes», ya en libreríasjams
Recibo «La Transición para jóvenes» de Catarata, mientras leo que, según el informe PISA, «los alumnos tienen dificultad para leer más de 400 palabras por culpa de las pantallas.
Caja con los primeros 10 libros de «La Transición para jóvenes» (Ed. Catarata)jams
Contra cubierta del libro «La Transición para jóvenes» (Ed. Catarata) que acaba de salir de la imprenta.jamsPadre e hijo en el polideportivo de La Bombilla (Madrid) donde jugamos al tenis los sábados antes de debatir y acordar sobre nuestros borradores en el café de enfrente.El OgorodovaBreve curriculum de Erik en la solapa del librojamsBreve CV mío en la solapa del libro con foto de padre e hijo.jamsIndice 1 del librojamsIndice 2 del librojamsContra cubierta de nuestro libro anterior «Franco para jóvenes» cuyo éxito de ventas animó a la Editorial Catarata a pedirnos que escribiéramos «La Transición para jóvenes».jamsPortada (recortada) de «Franco para jóvenes» para presumir de la Séptima Edición, un best seller para abuelos y nietos.jams«Franco para jóvenes», con un general golpista en su cubierta. En cambio, «La Transición para jóvenes» lleva un teniente coronel golpista en su cubierta. Vamos progresando.
Regreso de Almería (!quien te viera!) con dos kilos de más, pero cargado de emociones y de tomates y pimientos imbatibles.
Para dar la vuelt a la gamba roja en la plancha hay que cogerla por los bigotes. No te quemas.
Comida de feria en el Hotel Catedral y gamba roja con migas y pescado a la plancha en Dalías. Todo eso con grandes amigos. Desayunos con churros y chumbos para masticar mi infancia. ¿Qué más puedo pedir? Pues, si, adelgazar los dos kilos que he ganado en mi tierra. Me he traído la receta de la churrera que os recomiendo. Adiós, verano.
Artículo imprescindible sobre el Ejército, modernizado en Democracia, y la Justicia, anclada en los vicios heredados de la Dictadura. Salta a la vista, pero el profesor Sánchez Cuenca lo pone blanco sobre negro. El Ejército es muy valorado y la Justicia, muy despreciada por los ciudadanos… que tienen ojos en la cara.
Como ejemplo, veremos en 2027 los efectos de «boomerang Peinado» sobre el voto de los españoles. Justicia poética. Aunque mis ideales son socialdemócratas, nunca pertenecí a ningún partido. Ejercer el periodismo durante mas de 60 años me lo impedía.
Me sentí apático, cabreado y decepcionado por los casos de los golfos Ábalos y Cerdán. Sin embargo, los escándalos judiciales contra el fiscal general, Begoña Gómez y David Sánchez me han devuelto la moral y me han activado a favor del PSOE y de Pedro Sánchez como opción claramente menos mala. Ya tengo claro mi voto.
Los jueces políticos de la Toga Nostra encienden las ascuas adormecidas desde que acabamos con la cruel Dictadura. La Transición democrática llegó al Poder Ejecutivo y al Legislativo, pero no completamente al Poder Judicial. No hay que bajar la guardia. La democracia corre peligro.
Con un nudo en la garganta, he leído la hermosa despedida de Manuel Saco a nuestro Tomás Bárbulo. El 19 de junio cenamos con él y el núcleo duro de los amigos. El último abrazo. ¡Cuánto dolor, Tomás!
Tras la presentación de su última genial novela (Aaiún, Ed. Archiletras), cenamos tapas con Tomás y un grupo de amigos. Su dolor ya era insoportable. Descansa, al fin, en paz, amigo querido. Screenshot
Los amigos le despediremos en el viernes, 17 de julio, en el Tanatorio Norte de Madrid (detrás del Ramon y Cajal). Horario de 12:00 a 17:00h. .
Para Tomás Bárbulo, el día de su partida
Manuel Saco
Hace unos cuatro meses, cuando Tomás me comunicó su decisión, con un semblante desencajado por el dolor, casi con un hilo de voz, me pidió que, llegado el momento, este momento, concertara una despedida (no sé si le llamó obituario, como en los viejos periódicos) con sus dos hijos y los amigos, como para darle solemnidad a un duelo sin sentido, o como para que yo pidiera disculpas en su nombre por el mal trago que nos estaba haciendo pasar. Nunca imaginé que un amigo me pediría tal cosa algún día, que oficiase de cura ateo en sus exequias, con una plegaria imposible, con la promesa de un cielo que él y yo sabíamos que no existe.
Solo comunicó su decisión a sus dos hijos y a mí. Le pregunté que por qué a mí, y me contestó que porque sabía que ni se me pasaría por la cabeza intentar convencerle de que reconsiderase su decisión, que aguardase un tiempo más para meditarlo, o que quizá me sacase de la chistera el viejo tópico de que la vida es algo que merece la pena ser vivida, a pesar de que tu cuerpo y tu mente ejerzan el terror desde la mañana a la noche, un terror, por cierto, invalidante que últimamente convertía su sonrisa en una mueca de dolor, y su voz en un susurro casi inaudible.
Había convivido durante tanto tiempo con ese suplicio, que la idea de la muerte se convirtió en un tema recurrente en nuestras conversaciones desde el principio de nuestra amistad, hace de esto más de 35 años. La muerte, no como un problema, sino como una solución. Porque coincidíamos en que la felicidad no es otra cosa que la ausencia de dolor, físico y mental, y que lo demás es pura retórica.
Recuerdo una vez en la que yo bromeaba con él que, llegado mi momento fatal, me gustaría ser un cadáver aseado, para que la gente viese que mi elegancia alcanzaba hasta el lecho de muerte. Que así iba a dejarlo por escrito. Se me quedó mirando, como si mi banalidad hubiese herido la sensibilidad de un experto como él, y se rio de mí a carcajadas: «Pues a mí me importa un bledo mi cadáver», me contestó. Quizá no es que fuese menos presumido que yo, sino que la convivencia con el martirio cotidiano había hecho de su cuerpo un enemigo al que había que combatir, hasta considerar a la muerte como la puerta al paraíso de la nada, donde ya no se padece ni hace falta presumir ante los amigos y parientes.
Y, sin embargo, intentó hasta el último momento ser, en cierto modo, un cadáver aseado, acabar con su sufrimiento mediante una eutanasia donde el tránsito es menos dramático, una muerte sin el rastro de amargura que deja el suicidio entre sus seres queridos. Pero un comité de gente piadosa, que seguramente goza de muy buena salud, llamada Comisión de Garantía y Evaluación, dictaminó que no se podía acceder a su solicitud de muerte asistida, porque una persona como él, mentalmente ágil, con la facultad del habla intacta, y capaz de caminar sin ayuda mecánica de ningún tipo, no cumplía suficientemente con los requisitos de intensidad de tormento que marca la ley.
Su decisión de acelerar el trance hacia ese paraíso, donde el dolor pierde al fin la batalla, se vio acosada, semanas antes, por el caso famoso de Noelia Castillo, que recordaréis, torturada durante años por la maquinaria de una religión que no sirve para vivir con dignidad ni para morir en paz. El hostigamiento y el bombardeo de noticias sobre un alma gemela que solo quería irse de este mundo con decoro como él, donde la prensa y la televisión desempeñó un papel lamentable en muchos casos, hurgó todavía más en el tormento en sus últimos días.
El sábado 28 de marzo yo le escribía por Whatsapp: «Qué tremendo el circo montado alrededor de Noelia. Vaya papelón el de los medios de comunicación. Ahora comprendo que no quieras compartirlo con nadie, y menos con los creyentes en ese dios psicópata». Al día siguiente me contestaba: «Sí, lo de Noelia es lamentable. No hay un columnista que se haya abstenido de aportar su granito de mierda a una historia de la que no tiene ni puta idea. Sé que cuando yo estire la pata habrá mil versiones sobre por qué lo he hecho. Lo único que pido es que esos comentarios no salpiquen a mis hijos. Lo demás me importa poco. Como dice un verso de Borges, «lego la nada a nadie»».
Os leo el poema de Borges elegido por Tomás, como una suerte de legado, de testamento literario, para todos nosotros:
“No quedará en la noche una estrella. No quedará la noche. Moriré y conmigo la suma del intolerable universo. Borraré las pirámides, las medallas, los continentes y las caras. Borraré la acumulación del pasado. Haré polvo la historia, polvo el polvo. Estoy mirando el último poniente. Oigo el último pájaro. Lego la nada a nadie.”
Me dedicaba este guiño literario de despedida, instintivo, quizá, para un periodista y escritor de éxito como él, mi compañero cómplice en los diarios La Gaceta de los Negocios y El Sol.
No me resultó fácil mantener una conversación con él según nos acercábamos a la fecha fatal. En una de las últimas, me quedé mudo durante un rato que pareció eterno, tragando saliva, intentando aparentar una entereza de la que nunca estuve seguro. Así que nos escribíamos Whatsapp, para disimular el desasosiego. Tras uno de mis lapsus, le escribí: «Perdona que se me haya quebrado la voz. No soy tan fuerte como se necesita en estos casos. Quisiera decirte la suerte que supuso para mí conocerte, pero todo suena a literatura. No olvides llamarme cuando estés a punto de irte. Para decirte que te quiero, esas palabras que tanto nos cuesta decir a los amigos, como si sobraran. Un abrazo.».
Y así fue. Unos días antes de su muerte, nos convocamos para dar un largo paseo de despedida por el parque del Retiro. Fue un encuentro extraño, sin solemnidad, como si estuviésemos planeando un próximo viaje a Marruecos, al Aaiún de su niñez. Hablamos de su último libro de aventuras, al borde mismo de la aventura de su muerte. Tomás quizá pensaba que, en su partida, me legaba en herencia la nada. Pero en realidad me legó dos cosas: la alegría de haber tenido la fortuna de ser su amigo, y la angustia de habernos perdido para siempre.
Descansa, por fin, en tu paraíso.
Manuel Saco y Tomás Bárbulo, el pasado martes 14 de julio en el parque de El Retiro, en Madrid.
Gracias, Manolo, por tu emocionante despedida de nuestro querido Tomás. Como soy un mes más viejo que tú ya puedes ir preparando mi obituario, o como quieras llamarlo, para cuando me llegue el día de las alabanzas. Pocos me conocen como tú, con quien de nada me sirve disimular. Me descubriste en 1971, cuando fundamos Cambio 16. Y con Tomás, cuando fundamos juntos los diarios La Gaceta de los Negocios y El Sol.
Estoy leyendo Aaiún y había juntado fotos de recuerdo para unirlas a la critica de su novela. Y para presumir de su amistad tan generosa.
Apenas hace un mes, el 19 de junio, con Tomás y Ana García Datri en el Ateneo de Madrid.Hice cola para conseguir su dedicatoria… y una sonrisa suya entre tanto dolor.Confidencias entre Manolo Saco y Tomás Bárbulo. Junto a ellos, Natalia JunqueraCubierta y solapa interior de Aaiún, la última novela de Tomás, editada por ArchiletrasContracubierta de su novela.
Sergio Fanjul ha publicado hoy la noticia en El Pais. Me acosté ayer con la alegría del triunfo de España frente a Francia y me despierto hoy conmocionado por un mensaje de Saco que me ha llenado de tristeza. Me hubiera gustado decirle a Tomás que le quiero y le comprendo. Claro que él ya lo sabía. Adiós, Tomás.
La visité en Mallorca.Un bello ataque de nostalgia por el Servicio Universitario del Trabajo en plena Dictadura. El SUT nos hizo mejores personas. Gracias, jefa y amiga. DEP
Con mi amiga Teresa García Alba, última jefa del SUT (Servicio Universitario del Trabajo)jams
Recorte de la última página de El País sobre nuestro SUT. Yo estoy preparando un cartel de «agitación y propaganda» del la época. Y en el coche con el que dábamos charlas/mítines y cine por los puebl de Sierra Morena.os de la sierra.,jamsEl núcleo duro del SUT en 1966-68. Teresa García Alba a la derecha. Paco Fdz Marugán a la izquierda.jamsTeresa y yo en plena campaña de alfabetización del SUTjamsPortada del documental «La Transición silenciada»,que nos hizo Miguel Ángel Nieto (ex del diario El Sol) sobre el SUTjamsPag 49 de mis memorias sobre el SUT («La prensa libre no fue un regalo», Edit. Marcial Pons)jamsPag 50jamsPag 51jamsPag 52jamsPag 53jamsPag 54jamsCubierta de mis memorias.jams
El medico loco que justificó el robo de bebés de republicanos y la depuración del «gen marxista» fue condecorado por Franco.El Gobierno le quita ahora su Gran Cruz al Mérito Civil.
Antonio Vallejo Nájera, el Menguele español, que buscó el «gen rojo» en los presos republicanos.Créditos de la imagen
Antonio Vallejo Nájera, psiquitra de cabecera del franquismo y comandante. jamsCon el psiquiatra Juan Antonio Vallejo Nájera, hijo del «Menguele español», durante la entrevista que me concedió en el Psiquiátrico de Leganés en octubre de 1968 para el semanario Don Quijote.GombauReportaje sobre mi visita al maniconio de Leganés que incluye la entrevista con el hijo del medico loco del franquismo. Juan Antonio Vallejo Nájera, alejado de la teorías racistas de su padre, no quiso responder a mis preguntas sobre el «gen rojo».GombauPortada del semanario Don Quijote que incluye mi reportaje sobre el mundo alucinante del manicomio decimonónico de Leganés. Tardé mucho en recuperarme de aquella visita
Con 6 años de retraso leo esta novela de Peridis. Salió en la pandemia y no me enteré hasta ahora. Su lectura me ha emocionado y debería ser obligatoria en todos los colegios.
Cubierta y contra cubierta de la novela emocionante y reconfortante de Peridis. Lectura recomendada e imprescindible para jóvenes. Termina con las palabras de Azaña: «Paz, piedad, perdón»jams
Solapa de la novela de Peridis con sus datos biográficosjamsCon José María Pérez, Peridis, en la Casa de Vacas de El Retiro donde él presentó mis memorias («La prensa libre no fue un regalo», Ed. Marcial Pons)jamsCon Peridis (ambos con más pelo que hoy), su esposa Leticia Ruiz y Jesús Torbado en una foto de «·Los niños cantores» de hace mas de 40 años.jams
Buscando en Google encontré esta reseña de Antoni Puigverd publicada La Vanguardia. Como no puedo mejorar su crítica, con su permiso y el del diario La Vanguardia, del que soy suscriptor, me atrevo a copiarla y pegarla a continuación:
Muchas las novelas de trinchera sobre la Guerra Civil. Primero abundaron las que justificaban la cruzada y subrayaban las miserias de los vencidos. Después, las que rescataban la épica de los vencidos y enfatizaban la ferocidad de los franquistas. Otras evocan episodios ignorados, héroes desconocidos, epopeyas anónimas. Algunos de los grandes autores, como Joan Sales, consiguen ir más allá de las trincheras y describir lo esencial de aquella guerra fratricida: la ambigüedad del mal y del bien, la fascinación del fanatismo, la fatalidad ciega, el peso de la historia sobre los individuos.
Con Javier Cercas triunfa una corriente novelística que procura incorporar una mirada integradora y reparadora. La referencia griega, explícita en el título Soldados de Salamina (Tusquets), acompaña al lector hacia una nueva mitología de la Guerra Civil: el héroe ya no lo es por su coraje en las trincheras, ni por la aventura dramática o patética que protagoniza, sino por su piedad, por su capacidad de perdón. Se podría decir, en este sentido, que Cercas intenta explicar el conflicto fratricida desde el abrazo que propuso la transición. Un abrazo que pecó de insincero. De haber sido más verídico, menos instrumental, no habría regresado tan pronto el odio entre las dos Españas (tres, si contamos Catalunya). Desde los años noventa, el enfrentamiento va in crescendo. Ayer los compañeros Carles Castro y Laura Aragó mostraban, basándose en un estudio de Oriol Bartomeus (UAB), que la ira es la compañía preferida de nuestra libertad.
El enfrentamiento político actual ha enrarecido la vida política española (la catalana incluida, por supuesto) hasta el punto de que la piedad de Miralles, el miliciano protagonista de Soldados de Salamina, hoy ya no parece tan creíble. Veinte años atrás, cuando Cercas escribía su novela, la reconciliación y el perdón podían ser elevados a mito verosímil; hoy este mito se desvanece.
Quizás motivada por el flirteo con la Guerra Civil que estamos viviendo, acaba de salir una novela éticamente inspiradora, basada en unos capítulos ejemplares de la guerra que tuvieron lugar en la Montaña Palentina. El autor es una personalidad cultural muy conocida, José María Pérez, Peridis, irónico y sutil dibujante de la viñeta política de El País. Además de arquitecto especializado en restauraciones históricas y formidable divulgador televisivo del románico, Peridis ha descubierto con éxito la vocación de novelista histórico. El corazón con que vivo (Espasa) narra con delicadeza la historia paralela de dos familias de médicos del mismo pueblo, Paredes Rubias (equivalente, tal vez, a Aguilar de Campoo), entre los años 1936 y 1941.
Una familia es republicana; la otra, falangista. Con el triunfo del golpe de Estado, la provincia queda en manos del general Mola, que exige escarmiento y dureza máxima, sin piedad. La familia republicana lo pierde todo: fusilamiento del hijo mayor, multas y expropiaciones. La otra podría abusar de su poder, pero el corazón los empuja a ayudar a los perdedores. La vida de la comarca queda muy alterada, porque la línea del frente separa inicialmente Palencia de Santander. El ejército, los falangistas y el clero se imponen en la comarca. Unos personajes huyen hacia el otro bando, otros vienen. Unos van a la cárcel; otros, forzados, al frente. Regresan heridos, rehabilitados, deprimidos. En medio de las peripecias bélicas y políticas, en medio de la muerte y los desastres, enamoramientos cruzados, penalidades soportadas estoicamente, amores imposibles, heroísmo cotidiano. Peridis sabe trenzar muy bien la gran historia trágica con las historias concretas de la guerra en Palencia, todas ellas verídicas (como la del abuelo de Pablo Casado). Lo hace mediante un inteligente procedimiento narrativo: poniendo en boca de algunos personajes interpretaciones de Preston, Thomas y otros historiadores.
La novela, de estilo directo y entrañable, tiene muchas virtudes. Describe magistralmente el sistema de valores de aquella España rural y minera. El papel de los profesionales de la medicina. Las diferencias sociales, insalvables. Las concepciones del amor, el honor, el deber y la dignidad, tan diferentes a las de ahora. Describe con realismo la crueldad, pero también la fraternidad. Empatiza con las razones de unos y de otros, pero retrata sin mixtificaciones como se impone la fuerza de unos sobre otros.
Unos gemelos de oro son el hilo conductor de la novela: símbolo de duelo y sufrimiento, pero también de pervivencia y dignidad. Las bodas cruzadas son la metáfora esperanzada que Peridis propone. La novela encarna, en efecto, el mensaje de esperanza del famoso discurso de Azaña en Barcelona (1938). Dice Azaña que, cuando a otras generaciones les hierva “la sangre iracunda”, cuando vuelvan el odio y la intolerancia, será necesario recordar la lección de los muertos de la guerra. Abrigados por la tierra, perdidos el odio y el rencor, los muertos envían “el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: paz, piedad, perdón”.
Pag. 189 de mis memorias («La prensa libre no fue un regalo». Ed. Marcial Pons) presentadas por Peridis en la Casa de Vacas de El Retiro de Madrid. jamsPag. 190 de mis memorias en las que cito a Peridis.jamsCubierta de mis memorias «La prensa libre no fue un regalo»jams